Cada vez que una tormenta ilumina de rayos el cielo terrestre, la ciencia sigue enfrentándose a preguntas sobre cómo se forman exactamente los rayos y por qué algunos liberan tanta energía, especialmente en los llamados eventos transitorios. Ahora, la ciencia ha comenzado a buscar esta respuesta a cientos de millones de kilómetros, en la atmósfera inestable de Júpiter, el gigante gaseoso de nuestro Sistema Solar.
Las últimas observaciones de la sonda Juno de la NASA, analizadas por un equipo liderado por Michael Wong, han revelado que los relámpagos del planeta más grande del Sistema Solar son mucho más variados de lo que se pensaba. Durante años predominó la idea de que Júpiter producía "superrayos", simples versiones gigantes y más potentes de los terrestres. Sin embargo, el análisis de más de 600 pulsos eléctricos ha dibujado un escenario distinto: algunas descargas tienen intensidades comparables a las de la Tierra, mientras que otras pueden llegar a ser hasta cien veces más potentes.
La clave del hallazgo está en la forma de observación que ha empleado la agencia espacial estadounidense. En lugar de depender únicamente de imágenes visibles, que suelen registrar los fenómenos más brillantes, los investigadores recurrieron a microondas capaces de atravesar las densas nubes jovianas. Una técnica que les permitió detectar tanto los relámpagos más débiles como los más extremos y mostró que no existe un patrón único, sino un sistema eléctrico mucho más complejo (y parecido al terrestre) de lo originalmente supuesto.
Uno de los descubrimientos más llamativos ha sido el de las llamadas "supertormentas sigilosas". Son estructuras capaces de mantenerse activas durante meses, o incluso años, y de alterar la dinámica de las nubes que las rodean sin necesidad de alcanzar alturas espectaculares. Entre 2021 y 2022, una disminución de la actividad tormentosa en una región concreta permitió a Juno observar estos fenómenos de forma aislada. La sonda sobrevoló hasta doce veces esas tormentas y registró centenares de descargas, con picos de hasta tres relámpagos por segundo.
Ese comportamiento está ligado a una diferencia fundamental con la atmósfera terrestre. En la Tierra, el aire húmedo asciende con facilidad porque es más ligero que el aire seco. En Júpiter sucede lo contrario: el aire húmedo es más denso y necesita acumular mucha más energía antes de elevarse. Cuando finalmente una tormenta consigue desarrollarse, la energía almacenada es mucho mayor y la descarga resulta más violenta.
Los científicos creen que ahí reside el interés de Júpiter como laboratorio natural. Aunque el mecanismo básico parece familiar, en el gigante gaseoso entran en juego otros ingredientes, como el amoníaco, que podrían generar una especie de granizo blando capaz de alterar la dinámica eléctrica. Además, las tormentas jovianas pueden elevarse más de 100 kilómetros, frente a los alrededor de 10 kilómetros típicos en la Tierra.
